Grupa Valenciana, 1906

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Por la representación de identidad de lo valenciano, este cuadro de Joaquín Sorolla es especialmente significativo entre las más de 40 obras del autor que se exponen en el museo.
En esta obra Sorolla retrata a sus hijos, Joaquín y María, ataviados con el vistoso traje típico de fiesta de los labradores valencianos. El atuendo, junto al caballo ricamente enjaezado y la frondosidad de la vegetación, dan el tono barroco y de luminosidad que tanto éxito tuvo en la sociedad de su época. 
La temática, el colorido y el valor evocador de su tierra natal fueron utilizados por Sorolla para otros encargos como, por ejemplo, el panel de Valencia para la decoración de la Hispanic Society of America en Nueva York.

Saltando a la comba, La Granja, 1907

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Pintado en 1907 durante la estancia de Sorolla en La Granja de San Ildefonso, refleja el interés del pintor por el tema del jardín y desprende instantaneidad como si se tratara de una fotografía.
Representa a su hija pequeña saltando a la comba junto a otras niñas alrededor de una fuente de uno de los jardines del Palacio Real segoviano. Durante su estancia en La Granja, Sorolla utilizó el jardín como fondo de las composiciones o como auténtico protagonista de sus cuadros. 
La instantaneidad de esta obra se consigue gracias al movimiento de todas las figuras que ha quedado detenido en un momento. A esa sensación contribuye la propia composición y las figuras que corren alrededor del estanque. Destaca su hija, en primer plano, captada en pleno salto, como indican la sombra proyectada en el suelo y la cuerda apenas visible con la que juega. La propia iluminación, con la luz del sol filtrándose entre la vegetación, y los rasgos indefinidos acentúan la impresión de visión fugaz.
 

La alberca, Alcázar de Sevilla, 1910

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Obra con la que Sorolla inicia su pintura de jardines, que a la postre sería de sus producciones pictóricas más importantes.
El pintor elige un rincón del Patio de la Alberca de los Reales Alcázares de Sevilla en el que se acentúa la sensación de intimidad y sosiego. A ello contribuye el punto de vista ligeramente picado y el encuadre fotográfico, descentrado y parcial. Los protagonistas del cuadro son el agua y los reflejos que en ésta se producen de los muros blancos y las macetas dispuestas en el borde.
La luz sesgada ilumina las macetas, el borde de la alberca y el arbusto de la derecha, estableciendo un juego de contrastes lumínicos que enriquece el reflejo amoratado en el agua.
Los Reales Alcázares de Sevilla atrajeron tanto al artista que muchos de sus rincones inspiraron los de los jardines de su vivienda en Madrid, actual Museo Sorolla.

Fifth Avenue, Nueva York, 1911

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Obra que se inscribe plenamente en la modernidad por su estilo y su tema. Posee el interés de mostrar a un “Sorolla urbano” poco común en sus grandes lienzos.
En este “gouache” se ve al pintor trabajando desde la ventana de su habitación en Nueva York, con una vista sobre la Quinta Avenida. Con rápidas pinceladas capta sobre el cartón la vida urbana cargada de dinamismo y protagonizada por los automóviles. En ellos Sorolla reconocía los signos de la “vida moderna”. El paralelismo con importantes obras impresionistas es evidente (Caillebotte, Pisarro…). 
Esta obra está influida por la “mirada fotográfica” del artista valenciano como se observa en el aspecto de “momento casual” de la escena, sin más pretensión que la de captar una “toma” de la vida ciudadana. Ésta está marcada por nuevos avances que se materializan, por ejemplo, en la altura de unos edificios que debieron sorprender al pintor con ángulos nuevos de acercamiento a la realidad.

El boyero castellano, 1913

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Obra realizada por Sorolla con motivo del proyecto titulado “Las regiones de España”, encargado por Archer Milton Huntington, para decorar la Biblioteca de The Hispanic Society of América de Nueva York.
Sorolla da a la región de Castilla un gran protagonismo por considerar que vertebraba la geografía e historia de España. Antes de realizar el gran panel “Castilla. La fiesta del pan”, realiza una serie de estudios al óleo, con figuras de tamaño natural, representando a los distintos tipos regionales, que son un verdadero testimonio de la labor antropológica llevada a cabo por el pintor. 
El boyero castellano es uno de los bocetos más imponentes por su intensidad pictórica. Su autor lo colocaría en el panel definitivo tras el grupo de los niños que centran la escena, aunque suprimiendo la figura del boyero. En su ejecución mantiene los principios lumínicos y naturalistas que definían hasta entonces su pintura.